La Ruta 22 es un lugar de constante tránsito, donde la prisa y el frenesí cotidiano llenan el entorno. En medio de este escenario vibrante, se destacan los artistas callejeros Patricio y Carolina Cáceres. Han logrado que el folclore transforme la ruta en un espacio único en medio del tumulto de la ciudad.


Son las 12:30 del mediodía y el sol pega fuerte sobre la ruta 22 bañando con su calor el asfalto. Una moto llega a la esquina que corta con la Avenida San Juan, es Patricio que a sus espaldas acarrea su recientemente adquirido equipo de música. Por la misma calle se acerca Carolina a paso cansino, cuando se ven se gritan un saludo y la mujer se predispone a cambiar su atuendo por algo más tradicional. La vestimenta popular conforma un punto importante de su actuación, buscan que la gente se sienta identificada: una bombacha, una camisa, un pañuelo, una pollera, son prendas esenciales para su trabajo. 

En este escenario bullicioso, donde los semáforos detienen brevemente la maraña de vehículos, Pato y Caro Cáceres, hermanos provenientes de Ingeniero Huergo, han logrado hacer que la danza ocupe un lugar especial en el medio del caos. Su proyecto “Calle y Baile” comenzó hace dos años, en plena pandemia, y fue impulsado por la necesidad económica y el anhelo de llevar el arte a las calles. Para Pato, profesor de danzas folclóricas con 27 años de experiencia, esta fue la oportunidad de combinar su pasión con la independencia económica. 

Caro, también amante de la danza, compartía esta visión y abrazaba la idea de utilizar el baile como un medio para enfrentar la incertidumbre de la pandemia. Expresa que la elección de “folclore” tuvo que ver con que la tienen incorporada desde chicos:

“Es una danza que se baila en pareja. Con mi hermano hacemos una muy buena fusión, somos unos buenos compañeros. Tenemos conexión, comunicación y el folclore lo llevamos siempre, más allá del estudio y demás, es algo que nosotros tenemos desde chicos, desde raíz. Es algo muy fluido para nosotros, nos une demasiado”.

En cuanto a la sustentabilidad de su actividad artística, los protagonistas afirman que las ganancias en el trabajo es un aspecto que fluctúa constantemente. Pato confiesa que “a fin de mes, se nota mucho la falta de dinero en la calle. En fecha de cobro, suele levantar un poco.” También expresa que esta ganancia “sirve para el día a día, para salvar la olla, sacar una fotocopia”. Ambos artistas independientes han adoptado un enfoque flexible para garantizar sus ingresos dado a que ambos continúan sus estudios de distintas disciplinas de baile en el  Instituto Universitario Patagónico de Artes (IUPA), lo cual implica la coordinación de horarios para lograr ser sus propios jefes.

Caro, por su parte, ha participado en rifas, ventas de comida, y realizando tareas como la limpieza de casas. Explica, que su billetera varía constantemente: «a veces tengo un monto, a veces no”. También aclara que su trabajo a menudo es una respuesta a sus necesidades físicas y económicas en constante cambio: “a veces es una cuestión de salud y física nuestra, que nos enfermamos, estamos muy cansados, fatigados  o el estudio nos lleva a tener que dejar de bailar un poco en el semáforo, así siempre existe otra posibilidad para gestionar nuestro propio dinero”.

Su inusual escenario suele rotarse, explorando diferentes puntos de la ciudad y sus alrededores como el cruce entre la Ruta 22 y la Avenida Mendoza, o ya dando pasos hacia otras ciudades como Villa Regina o Neuquén. Como ellos mismos manifiestan: «Siempre intentamos no cansar en un mismo lugar e ir moviéndonos para poder mostrar el espectáculo de 99 segundos también en otras calles«.  La elección del punto donde realizarán sus actividades también tiene que ver con los horarios en que realicen la performance. Por lo general eligen momentos del día donde circulan muchas personas: durante el mediodía o por la tarde a partir de las 17:30. Caro explica que la decisión también depende de su tiempo, su cansancio físico y mental, y las condiciones climáticas “por ahí hay una semana que hace mucho frio o mucho calor o hay mucho viento entonces no trabajamos”.

En el corazón de la Ruta 22, donde la velocidad y el bullicio son la norma, este dúo de artistas callejeros ha demostrado que el folclore y la danza pueden florecer en medio del caos de la ciudad. Su proyecto, nacido de la necesidad económica y el deseo de llevar el arte a las calles en tiempos de pandemia, es un testimonio vivo de la pasión y la determinación. A través de sus trajes tradicionales y su talento en la danza folclórica, han logrado conectar con la gente y crear un breve, pero significativo, escape de la rutina diaria.

✍️🏼: Florencia Cerda & Valentina Latuf

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