Natalia tiene 32 años y hace un año que empezó a trabajar de mañana y tarde en busca de tener otro ingreso para su economía familiar. Decidió revender comida en un semáforo muy concurrido de su barrio.

Foto de autoría propia
Natalia Mora tiene 32 años y hoy en día tiene un trabajo informal, es revendedora de comida, específicamente, de tortas fritas, rosquitas y churros. Al principio comenzó a cocinar para salir a vender, pero como le demandaba mucho tiempo optó por la opción de comprar la mercadería para revenderla. En ese momento encontró a una familia amiga de su papá que también vendía y a partir de ahí, comenzaron a trabajar juntos. Natalia se encarga de avisarles un día antes que va a trabajar al día siguiente, les pide la cantidad que va a necesitar para vender y luego va a buscar las tortas fritas y las rosquitas. Además cuenta con el apoyo de otra mujer quien se encarga de la producción de los churros: “a ella también le digo cuántas docenas voy a querer y me las prepara, y ella sí me las trae.”
El lugar que eligió para vender fue en el semáforo de Evita y Damas Patricias de la ciudad de Fiske Menuco. Lo hizo por dos razones, la primera, vio que había mucho movimiento y se dijo: “bueno, vamos a probar”. La segunda razón fue porque le quedaba cerca de su casa, y ahora con la llegada de la primavera y el calor, Natalia decidió moverse de su lugar habitual y quedarse en Damas Patricias y Rivadavia donde le da la sombra de los árboles, ya que en la zona en la que estuvo todo el invierno no se soporta el calor.“La situación económica me impulsó a hacer esto”, expresa Natalia. Está casada y tiene cuatro hijos: tres nenas y un varón. Su marido trabaja como empleado policial y afirmó que el sueldo de él no les alcanza para mantener a su familia. Entonces ella empezó a trabajar y a rebuscárselas para ayudar a traer más dinero a su casa. “No puedo buscar un trabajo o entrar a trabajar en una empresa porque no puedo dejar a mis hijos a cargo de otra persona”. Esta decisión fue tomada también en parte por los horarios que tiene su esposo ya que son rotativos y por ese motivo ella no puede conseguir un trabajo donde disponga de un sueldo fijo. Natalia trabajó antes en un galpón de empaque y en ese entonces tenía a sus dos nenas mayores. Ahora tiene dos bebés más, uno de 4 años y otro de 2 años que le demandan mucho tiempo.

Foto de autoría propia.
La Jornada en los semáforos
Cada mañana, la alarma de Natalia suena a las 6am dando comienzo a su día. Desayuna y prepara a sus hijas para llevarlas a la escuela, carga sus cosas en el auto y prende el motor para hacer el recorrido de todos los días. Alrededor de las 8am, se encuentra en Evita y las Damas Patricias. Sale del auto y comienza a bajar sus cosas: primero su mesa plegable y el mantel, luego va a buscar su reposera y la mercadería que trajo para ese día, la deja encima de la mesa dentro de sus respectivos tapers. Por último acomoda los dos carteles, uno que dice “tortas fritas y rosquitas” al frente de la mesa y el segundo que dice “churros” lo coloca a la derecha de la mesa, en el piso.
Cuando ya está todo preparado, ella se sienta en la reposera y bebe un poco de agua. Ve que el semáforo está en verde y comienza a organizar las bolsas descartables, de papel y nailon que trajo.
Siempre intenta estar ahí todos los días, ya que sino no se puede “sustentar con la comida”, hay veces que le coinciden con los horarios de trabajo de su marido, por lo tanto, no le queda otra opción a Natalia que quedarse en su casa cuidando a sus hijos más pequeños.
Durante la mañana, se queda hasta las 10:30am y con lo que ganó en esta primera parte de su jornada laboral piensa que puede hacer para comer. A las 16 vuelve al mismo lugar donde estuvo durante la mañana, el semáforo se pone en verde y los autos pasan al lado de ella tocándole bocina, alegre y con una sonrisa en su rostro, Natalia, levanta la mano para saludarlos. Su día termina cuando todos sus productos son vendidos entre las 18:30 o 19 hs. Sin embargo, no siempre ocurre así: “Hay veces que me he quedado hasta las 19hs. Hay días que no vendí nada y me fui con toda la mercadería a casa y esos días son de pérdidas y complicados.”
Por otra parte, hay días en los que Natalia no sale a trabajar, como lo son los miércoles a la tarde porque acude a las reuniones de la iglesia y los sábados que los utiliza para descansar.
La primera vez que se predispuso a salir a vender sus productos, no tuvo más opción que llevar a sus cuatro hijos con ella debido a que su esposo no se encontraba en casa y no podía ayudarla con el cuidado de los niños:
“Me los traía todo y la gente me miraba así como diciendo “me das lastima”, no sé, y le daban dinero a mis hijos. Fue una situación que me molestó y me dolió. Por ahí, le tiraron una moneda a mi hija y eso no me gusto porque nosotros estamos trabajando, digamos. No andábamos pidiendo”.
Desafíos de una vendedora ambulante
Lo que gana depende mucho de lo que invierte. Al principio comenzó invirtiendo $3000 pesos y si vendía todo, no no generaba ninguna ganancia porque recuperaba lo que invirtió en un principio. Actualmente, invierte $10.000 pesos y lo que recupera es alrededor de los $6000 pesos. Si le llegan a sobrar productos, se los lleva a su casa y lo comen sus hijos o lo regala.
Lo que Natalia gana en el día, lo utiliza para sustentarse, por ejemplo, lo que hace en la mañana lo usa para comer: “si falta leche, compro leche, si falta carne, compro carne, lo que haga falta”, explica. Por otra parte, el clima no la detiene para que salga a vender. Hay veces que la acompaña su hija mayor porque necesita que alguien le sostenga las cosas ya que puede haber viento fuerte, y en los días de lluvia, son los días donde más vende.
Durante el verano un abuelo del barrio quiso ayudarla para que no le diera el sol en la calle Evita. En eso vinieron algunas personas del municipio porque lo que estaba utilizando para cubrirse del sol no era algo permitido. Le preguntaron si “no podía irse a vender a otro lado” u ofrecer puerta por puerta y Natalia les dijo que no: “Eso lleva más tiempo”. Debido a que sus hijos son muy pequeños, no puede dejarlos sólos por mucho tiempo. Explicó que la municipalidad no le hizo ninguna multa, solamente le aconsejó que haga cursos en el municipio para acceder al carnet de manipulación de alimentos y así poder ofrecer sus productos a las panaderías y comercios. Pero ella les volvió a aclarar que no hace la mercadería, que solamente vende.
Natalia afirma que tiene clientes fijos, que siempre le compran. Ella les aclara que no hace la mercadería, pero aún así ellos siempre alaban la comida que vende. La pone bastante feliz que sus clientes les gusten mucho las rosquitas y las tortas fritas, alentando a seguir trabajando cada día.
✍️🏼: Florencia Cerda & Valentina Latuf

